Brasil dio el paso. Este jueves 13 de agosto, el Gobierno de Lula anunció el inicio de un proceso administrativo para aplicar medidas recíprocas contra Estados Unidos. La base legal es la Ley de Reciprocidad Económica. Esa ley permite contramedidas comerciales similares a las que imponga Washington.
El detonante es conocido. La administración Trump impuso aranceles adicionales de entre el 12,5 % y el 25 % a una gran cantidad de productos brasileños. La justificación oficial: supuestas prácticas comerciales «desleales» y uso de trabajo forzoso en cadenas productivas.
Brasilia rechaza esa narrativa. La Cancillería brasileña afirma que a lo largo del último año presentó «pruebas que refutan cada una de las alegaciones sobre supuestas prácticas comerciales desleales». Su nota oficial es directa: «Los aranceles estadounidenses son injustificados y arbitrarios».
Al mismo tiempo que activó el proceso administrativo, el Gobierno brasileño notificó a Washington y solicitó consultas diplomáticas. El objetivo declarado es «mitigar o anular los efectos de las medidas y contramedidas previstas en la ley». Es decir: escalan con una mano y negocian con la otra.
No es el único frente abierto. Brasil ya presentó una disputa formal contra Estados Unidos ante la Organización Mundial del Comercio. La presión se acumula en varios tableros a la vez.
El clima diplomático es el peor en años. La semana pasada, el Gobierno de Trump anunció la retirada del visado a la embajadora brasileña en Washington. La justificación oficial fue una supuesta demora de Brasil en aprobar al nuevo embajador designado por Trump. Brasilia lo interpreta de otro modo: considera que tanto los aranceles como la retirada del visado son sanciones de motivación política, un intento de interferir en las elecciones presidenciales de Brasil previstas para octubre.
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Aquí el cuadro es claro. Dos gobiernos con visiones del mundo opuestas se aproximan a un ciclo electoral decisivo. Trump tiene incentivos para presionar a Lula. Lula tiene incentivos para mostrarse firme ante su base. El resultado es una espiral donde cada movimiento justifica el siguiente.
Lo que está en juego no es solo el comercio bilateral. Es quién fija las reglas del intercambio en el hemisferio. Una guerra de aranceles entre las dos mayores economías de América tiene costos reales: para los exportadores, para los consumidores, para la inversión. La burocracia de ambos lados escala. Los contribuyentes de ambos lados pagan. Que no te lo cuenten como si fuera gratis.



