El miércoles 26 de agosto, a las 11:45 de la mañana, un temblor de magnitud 5.1 con epicentro en Los Santos, Santander, sacudió Bogotá. En la plenaria del Senado, la sesión continuó sin interrupciones inmediatas. Según el Servicio Geológico Colombiano, el epicentro se ubicó a unos 62 kilómetros al sur de Bucaramanga.
Los senadores se percataron del movimiento recién a las 11:53. Luego pasó otra media hora. A las 12:23, la senadora Corcho, del Pacto Histórico, impulsó formalmente una proposición de evacuación. A las 12:30, con 54 congresistas presentes, la votación arrojó 30 votos por el «no» y 24 por el «sí». El Senado decidió quedarse.
La senadora Hernández no ocultó su incredulidad: «Esto solo pasa en el Senado: se tuvo que someter a votación una proposición para decidir si evacuábamos o no después del sismo, como establecen los protocolos ante una posible réplica, por el miedo a que luego los senadores no quieran volver a trabajar. Ese es el Congreso que tenemos», escribió en sus redes sociales.
Mientras tanto, la Cámara de Representantes activó una evacuación preventiva inmediata al momento del temblor. Sus asistentes no regresaron a la plenaria y la jornada fue reprogramada. Dos corporaciones, dos criterios.
El episodio expuso algo que ya era conocido pero ignorado: el edificio parlamentario supera los 100 años de antigüedad. En 2023, parte del techo del Salón Elíptico se cayó tras un sismo de magnitud 6.1 con epicentro en Meta. El senador Ocampo, vicepresidente segundo del Senado, denunció además que en la plenaria no existen alarmas ni señales de evacuación, razón por la cual, según él, tardaron casi 10 minutos en percatarse del temblor. «La ley debe aplicarse primero en casa, pero no es posible que aquí por años hayan hecho leyes para prevención de riesgos y sismos y aquí no se haya implementado», afirmó Ocampo.
Que no te lo cuenten. El mismo aparato legislativo que produce normas de gestión del riesgo para el resto del país lleva años sin instalar una alarma básica en su propio recinto. No es negligencia accidental: es la burocracia aplicándose a sí misma la doble vara de siempre — exigencias para los ciudadanos, impunidad para la casta. Que la respuesta institucional haya sido abrir un debate y votar, en lugar de salir por la puerta, dice todo lo que hay que saber sobre la cultura de gestión que gobierna el Congreso colombiano.



