Que no te lo cuenten. En un campo de Cardales, provincia de Buenos Aires, un grupo de diseñadores, agrónomos y agricultores lleva más de diez años haciendo algo que ningún algoritmo puede replicar: moldear calabazas vivas.
La técnica se llama bio-moldeo y es desarrollo propio del estudio RERERE, nuevo sello de Grupo Bondi. El proceso es tan simple en su concepto como complejo en su ejecución: mientras la calabaza crece, el equipo le incorpora moldes y prótesis que restringen su desarrollo en ciertas zonas y lo dejan libre en otras. «Ese diálogo entre control y libertad da origen a cuerpos irrepetibles», explica Eugenio Gómez Llambí, diseñador industrial e integrante del estudio.
El fruto alcanza su tamaño máximo, luego se seca lentamente hasta perder toda el agua interior. Lo que queda es un cuerpo hueco con una dureza similar a la madera. Después viene el trabajo artesanal: corte, lijado, grabado y ensamblado de componentes de cobre. El resultado son objetos que, según sus creadores, son «únicos e irrepetibles».
El hito más reciente es el primer mate biomoldeado con la cara de Messi. El objetivo inicial era producir 10 unidades. Tras un año de cultivo, la cosecha arrojó solo un ejemplar. «Es que Messi hay uno solo y la naturaleza lo sabe», dice Gómez Llambí.
No es la primera vez que el equipo apuesta a este formato. Entre 2017 y 2018 desarrollaron el llamado Mate Milagroso —con el rostro del Papa Francisco— en una huerta experimental orgánica de la Facultad de Agronomía UBA. Esa edición limitada integra hoy la colección permanente del Museo de Arte Moderno. Los mates también viajaron a la Semana de Diseño de Milán y participaron en 2018 de la muestra «La vida es dura, pero no tanto», en el Museo de Arte Decorativo, con curaduría de Edgardo Giménez.
Actualmente, la serie Relicario N° 5 de «Naturaleza y Prótesis», realizada en calabaza biomoldeada y cobre, se exhibe en el GRASSI Museum für Angewandte Kunst de Leipzig, Alemania, dentro de la muestra The Soul of Objects. Artes Aplicadas de América Latina, hasta fines de septiembre.
El proyecto trabaja con botellas de PET como moldes —las primeras de la historia usadas con ese fin, según el equipo— y en alianza con la cooperativa El Ceibo, que recupera las botellas para reciclarlas tras la cosecha. La plantación opera sin agroquímicos y bajo los principios de la agricultura biodinámica.
Aquí hay algo que vale la pena subrayar: esto es innovación real, nacida del trabajo manual, del conocimiento agronómico y de una investigación de más de una década, sin subsidio estatal anunciado a los cuatro vientos ni relato de impacto social prefabricado. Es libre empresa aplicada a la creatividad, con raíces en la tradición —la calabaza como objeto de los pueblos originarios americanos— y proyección internacional genuina. El mercado, no la burocracia, es quien termina validando si una pieza llega a un museo en Leipzig o se queda en el discurso. En este caso, llegó.



