La ciencia ficción mainstream lleva décadas secuestrada por el adoctrinamiento progresista. Héroes sin agencia, villanos corporativos, sermones climáticos y una fe ciega en el Estado como solución a todo. Que no te lo cuenten como si fuera el único camino posible.
Hay alternativas. Tres, para empezar.
«Red State Mars», de Travis Corcoran
El año es 2126. Marte está dividido entre domes chinos y americanos con relaciones comerciales amigables —laissez-faire puro— hasta que el gobierno chino decide apostar por la ingeniería genética de castas y abandona su política tolerante con los colonos que habían huido precisamente de eso. El régimen se pone pesado también con los colonos americanos. Resultado: guerra.
Lo que distingue a Corcoran no es solo la trama. Su inspiración es «Albion's Seed», que analiza las distintas contribuciones de los Cavaliers, Puritanos, Scots-Irish y Cuáqueros a la formación americana. Con esa lente, y la del pensamiento neorreaccionario —teonomistas religiosos, etnonacionalistas y tecno-comercialistas— el autor enfrenta distintas variantes del conservadurismo entre sí. Cualquiera que haya pasado tiempo en esas subculturas reconocerá la fricción.
Corcoran no es solo escritor: es un funcionario electo que conoce de primera mano la dificultad de hacer que un grupo de personas se ponga de acuerdo en algo. Eso se nota en la tensión política de la novela. Las escenas de batalla —en tierra y en el espacio— culminan con lo que el reseñista describe como «quizás el ataque más audaz que leerás en una novela este año».
Limitaciones honestas: las voces de los clanes familiares están bien trazadas, pero los individuos dentro de cada facción se difuminan. La prosa no es su fuerte, salvo cuando reflexiona sobre geología marciana. Hay musings sobre geología marciana. Muchos.
Aun así, el libro evoca las primeras obras de Robert A. Heinlein. Ese es un hueco difícil de llenar hoy.
«Theft of Fire», de Eriksen
Si «Red State Mars» es el Heinlein temprano, «Theft of Fire» es el tardío: más emocional, más gamberra. La premisa: Miranda Foxgrove, princesa de hielo genéticamente modificada, secuestra la nave del minero de asteroides Marcus Warnoc —vulnerable a una adquisición hostil por falta de fondos y por haber caído en la piratería— para obligarlo a llevarla a un descubrimiento espacial que, según ella, cambiará todo.
El libro funciona en dos actos. El primero es casi una obra de teatro de cámara: dos personajes negociando su situación en una nave. El segundo es una persecución de acción con viajes bajo alta aceleración gravitacional. Eriksen cuida los detalles de personalidad y mantiene en movimiento la dinámica de poder entre ambos protagonistas.
El final cierra el arco de los personajes pero deja hilos sueltos para una secuela prometida —«Box of Trouble»— retrasada por una crisis de salud familiar pero, según se reporta, en camino.
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El relato se cayó solo. La ciencia ficción no necesita ser un vehículo de propaganda estatal ni de ingeniería social disfrazada de entretenimiento. Corcoran y Eriksen demuestran que se puede escribir sobre libre empresa, tensión política real y personajes con agencia sin pedir permiso a ningún comité de diversidad editorial.
Lo que está en juego es simple: la cultura importa. Quien controla las historias del futuro controla el marco de lo posible. Que existan estas novelas —y que se lean— no es un detalle menor.



