Las negociaciones entre Washington y Ottawa colapsaron el viernes pasado. Sin acuerdo, entraron en vigor nuevos aranceles estadounidenses del 50% sobre productos canadienses valorados en unos 20.000 millones de dólares, equivalentes al 5,5% de las exportaciones totales de Canadá hacia su vecino.
La respuesta de Ottawa no se hizo esperar. El primer ministro Mark Carney anunció aranceles de represalia dirigidos principalmente a las industrias del acero y los lácteos estadounidenses, con entrada en vigor el 8 de septiembre. «Uno está en guerra cuando es atacado. Nosotros fuimos atacados», declaró Carney.
Desde Washington, el secretario de Transporte de Estados Unidos, Sean Duffy, fue directo en el programa Fox News Sunday: «Canadá se beneficia mucho más del comercio con Estados Unidos de lo que Estados Unidos se beneficia del comercio con Canadá». Duffy pronosticó que Carney volverá a la mesa de negociaciones «muy, muy pronto, porque va a ser devastador para su país».
Trump, por su parte, respondió en su red social Truth Social sin rodeos: «¡¡¡Canadá quiere los beneficios de ser un estado [de la Unión], sin serlo!!!» Y añadió: «También han cobrado enormes aranceles a nuestros magníficos agricultores durante muchos años. ¡¡¡Se acabó!!!».
El contexto importa. Desde que Trump inició su segundo mandato en enero de 2025, la relación bilateral se ha deteriorado de forma acelerada, incluyendo sus reiteradas amenazas de convertir a Canadá en el estado número 51. Carney, en el poder desde marzo de 2025, ha buscado reducir esa dependencia histórica orientándose hacia Asia y Europa. Hoy, Estados Unidos representa aproximadamente el 70% de las exportaciones canadienses. Esa cifra lo dice todo sobre quién tiene más que perder.
Que no te lo cuenten. Ottawa puede desplegar toda la retórica soberanista que quiera —y Carney la está usando con habilidad política interna—, pero los números no mienten: una economía que coloca el 70% de sus ventas externas en un solo mercado no negocia desde la fortaleza, negocia desde la dependencia. La burocracia canadiense puede aplaudir los aranceles de represalia sobre el acero y los lácteos, pero son los productores, los trabajadores y los consumidores de ambos lados quienes pagan la factura de esta escalada.
El libre comercio no murió por culpa de Trump solo. Murió también por años de asimetría tolerada, subsidios encubiertos y aranceles agrícolas que Ottawa nunca quiso discutir en serio. Ahora la cuenta llegó, y llegó con intereses.



