Donald Trump firmó un memorando el pasado 20 de agosto. Con él prorroga el embargo económico, comercial y financiero contra Cuba hasta el 14 de septiembre de 2027.
El documento se hizo público este martes. La medida se ampara en la Ley de Comercio con el Enemigo, que data de 1917. Las sanciones contra la isla, sin embargo, comenzaron bajo la presidencia de Eisenhower en la década de 1960.
Desde La Habana respondió el ministro de Exteriores, Rodríguez. Lo hizo con dureza. Condenó la extensión «en los términos más enérgicos» y la calificó de «política genocida». Según Rodríguez, la prórroga no es «un acto administrativo menor» sino «la confirmación» de que Washington «persiste en su propósito de asfixiar a una nación entera».
El propio jefe del Ejecutivo cubano, Díaz-Canel, también habló esta semana. Lo hizo en una entrevista con el diario brasileño Folha. Aseguró que Cuba «no está al borde de un colapso» sino «en una situación compleja». Reconoció los apagones y las carencias. Aun así, insistió en la «capacidad heroica de resistencia del pueblo cubano».
Díaz-Canel también se preguntó por qué Estados Unidos bloquea a Cuba si, según él, los cubanos son «tan torpes, incapaces, ineficientes» que podrían «caer» solos. La retórica del régimen, en una frase.
Durante este segundo mandato de Trump las presiones se han intensificado. Washington ha impuesto sanciones directas contra Díaz-Canel y contra su predecesor, Raúl Castro.
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Que no te lo cuenten. El régimen de La Habana lleva más de seis décadas culpando al embargo de todos sus males. Apagones, escasez, éxodo masivo: siempre la culpa es de afuera. Nunca del partido único, la planificación central ni la represión sistemática.
Trump mantiene la presión. Eso es coherente con una política exterior que exige costos reales a las dictaduras del hemisferio. El relato de La Habana se cae solo cuando el propio Díaz-Canel admite apagones y carencias en la misma entrevista en que proclama «creatividad enorme». El libre mercado no necesita bloquear a nadie para funcionar. La casta caribeña lleva décadas demostrando lo contrario.



