La administración Trump rompió con la diplomacia tradicional. Lo hizo de forma deliberada. Y en América Latina, esa ruptura tiene un nombre: Venezuela.
Así lo analiza Dalai Urbina, subdirector de la Escuela de Estudios Internacionales de la Universidad Central de Venezuela. Según él, el giro no obedece a principios ideológicos. Obedece a un cálculo frío: recursos estratégicos, beneficios económicos directos y visibilidad política global.
Cuba queda en segundo plano. No porque ya no importe. Sino porque Venezuela concentra lo que Washington realmente quiere: energía, minerales y un escenario donde las victorias diplomáticas son palpables ante la comunidad internacional.
«La posición y la posesión de Venezuela de diferentes recursos estratégicos para el mundo contemporáneo, que van más allá de los commodities tradicionales, la posicionan de manera diferenciada», afirma Urbina.
El académico califica el estilo de Trump como «egopolítica contemporánea». Decisiones personales. Resultados directos. Sin filtros burocráticos. Sin institucionalidad tradicional. La Casa Blanca busca canales directos con otros liderazgos, sin importar su orientación ideológica.
El método es conocido en ciencia política como la «teoría del loco» o el «juego de la gallina». Urbina lo define así: presionar hasta el máximo punto posible y, en función del escenario, tomar la decisión. Cuba y Venezuela han sido sometidas a ese cerco. Pero con intensidades y propósitos radicalmente distintos.
Hay otro factor. Washington elevó la crisis venezolana a prioridad de seguridad nacional. La razón: la presencia de Pekín y Moscú en la región. El objetivo declarado es mermar su influencia mediante negociaciones de alto nivel entre potencias. No es retórica. Es redistribución de peso geopolítico.
La migración también entró al tablero. Dejó de ser solo una crisis humanitaria. Se convirtió en moneda de cambio. Sirve para justificar medidas de fuerza ante el electorado y los grupos vinculados a la seguridad fronteriza.
Urbina agrega un dato incómodo para quienes buscan culpables externos. El desencanto que alimenta estos liderazgos no es una creación de Washington. Responde al hartazgo social acumulado por décadas de burocracia, crisis económicas y corrupción sistemática de gobiernos previos. Trump capitalizó esa desconfianza. No la inventó.
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Que no te lo cuenten. Lo que está en juego en Venezuela no es una disputa ideológica del siglo XX. Es una competencia del siglo XXI por recursos estratégicos, rutas de influencia y el peso de potencias no occidentales en el hemisferio. Washington lo sabe. Por eso Caracas vale más en el tablero que La Habana.
El relato de que Trump actúa por capricho o por ego puro se cae solo ante el análisis. Hay pragmatismo. Hay intereses concretos. Y hay una región, América Latina, que sigue sin integrarse con solidez suficiente para negociar de igual a igual. Esa es la falla de fondo. No la viene a resolver ningún gobierno externo.



