El primer ministro canadiense Mark Carney tomó el viernes una decisión que pocos gobiernos se atreven a tomar: cerrar la puerta a las negociaciones con Washington y dejar que entraran en vigor aranceles del 50% sobre unos 20.000 millones de dólares en productos canadienses. La ruptura no fue por el nivel de los aranceles, sino por una condición de último momento que, según Carney, habría limitado la capacidad de Canadá para firmar acuerdos comerciales con otros países. «Era inaceptable», dijo. «Una cuestión de soberanía».
El primer ministro de Columbia Británica, David Eby, fue todavía más directo: aceptar esa condición habría reducido a Canadá «al equivalente económico del estado 51», en referencia directa al reiterado deseo de Trump de absorber al país vecino. Trump, por su parte, volvió a la carga el domingo en Truth Social, acusando a Ottawa de imponer elevados aranceles a productos estadounidenses y repitiendo que Canadá «quiere los beneficios de ser un Estado, sin serlo».
Carney anunció represalias «dólar por dólar» a partir del 8 de septiembre y reconoció que las medidas «elevarán los costos y reducirán las opciones para los canadienses». No es retórica: casi tres cuartas partes de las exportaciones de bienes de Canadá van al mercado estadounidense, cuya economía es aproximadamente diez veces mayor. Las cadenas de producción en sectores como el automotriz, la energía, los metales y la agricultura llevan décadas integradas. Sustituir eso no se hace en un trimestre.
Pero la dependencia, advierte Carney, funciona en ambos sentidos. El comercio bilateral supera los 700.000 millones de dólares anuales. Los agricultores estadounidenses dependen de Canadá para una proporción muy elevada de la potasa que utilizan. Ottawa apuesta a que esa interdependencia también es poder negociador.
Wendy Cutler, exnegociadora comercial estadounidense, calificó el fracaso de las conversaciones de «gran revés» para la política de Trump y señaló que otros países observarán con atención cómo evoluciona el conflicto. Estados Unidos cerró en el último año acuerdos con países como Malasia, Camboya y Argentina, y estableció marcos comerciales con la Unión Europea, el Reino Unido y Japón. La preocupación entre algunos negociadores es que las concesiones obtenidas en un país se conviertan en el nuevo piso de exigencias para los demás.
Desde Contrafuego, el análisis es más frío que el relato heroico que algunos quieren vender. Carney tiene razón en un punto: cuando una potencia usa la integración económica como palanca política, ceder sin límite es rendirse por cuotas. Pero la estrategia de resistencia tiene un costo real que pagan los consumidores y las empresas canadienses, no los funcionarios que la anuncian en conferencia de prensa. La pregunta que nadie responde con claridad es cuánto dolor puede absorber la economía canadiense antes de que la apuesta soberana se convierta en recesión soberana. Que no te lo cuenten como victoria antes de ver los números.



