Andrew Tate construyó un imperio vendiendo la idea de que él era la prueba viviente de que cualquiera podía volverse extraordinariamente rico. Cursos, conferencias, «Hustlers University»: todo giraba alrededor de una imagen. Ahora sus propios abogados acaban de destruirla en un tribunal federal.
En un escrito presentado mientras los hermanos Tate —Andrew y Tristan— combaten su extradición al Reino Unido, la defensa admitió que el estilo de vida ostentoso que ambos exhibían en redes sociales era, en sus propias palabras, «un papel que estaban interpretando». Los autos de lujo que aparecían en los videos de Tristan Tate, incluyendo un Aston Martin valuado en 2,1 millones de dólares y dos Bugattis con un valor combinado de 12 millones de dólares, eran rentados, según el escrito judicial. El superyate que protagonizó incontables publicaciones no era de su propiedad: los Tate fueron pagados para promocionarlo.
«La exageración de las publicaciones es el punto», escribieron los abogados. «Cuanto más hiperbólico y extravagante el post, más probabilidades tiene de generar vistas e ingresos. En resumen, están interpretando un papel.»
La defensa también cuestionó las valuaciones de la colección de relojes de Andrew Tate, señalando que circulaban basadas en una «publicación de entusiastas de terceros» y no en propiedad demostrada. Sobre las afirmaciones de criptomonedas y efectivo ilimitados, los abogados fueron directos: «Todo eso es hipérbole».
El argumento tiene una lógica procesal clara: la fiscalía citó precisamente esas declaraciones públicas sobre riqueza para sostener que los Tate representan un riesgo de fuga, dado que tendrían «recursos significativos disponibles». La defensa ahora pide que no se tomen esas fanfarronadas al pie de la letra.
Andrew y Tristan Tate fueron arrestados por los Marshals de EE.UU. en Miami en julio, tras 38 cargos adicionales presentados por fiscales británicos, llevando el total combinado a 59 cargos. Andrew Tate enfrenta acusaciones que incluyen violación, agresión sexual, tráfico sexual y delitos relacionados con material de abuso sexual infantil. Tristan Tate enfrenta acusaciones de violación, agresión sexual y tráfico sexual. Ambos niegan los cargos y los califican de motivados políticamente.
El relato se cayó solo, y lo derrumbaron sus propios representantes legales. Aquí no hay persecución ideológica que invocar: es la defensa la que pone por escrito que el producto que Tate vendió —la fórmula del éxito, el modelo a seguir, el hombre que lo logró todo— era, en buena medida, una puesta en escena. Millones de jóvenes pagaron cursos para aprender los secretos de alguien que, según sus propios abogados, estaba «interpretando un papel». Eso no es una crítica progresista al influencer: es lo que dice el expediente judicial.



