El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, presentó el lunes nuevas sanciones contra Irán: 60 personas, entidades y buques incluidos en la lista negra. La medida viene acompañada de una advertencia directa: los países que mantengan relaciones comerciales con Teherán podrían quedar excluidos del sistema financiero basado en el dólar.
Pero hay un agujero notable en el paquete. Washington no incluyó a los bancos chinos sospechados de facilitar el comercio petrolero iraní. La razón, según la fuente, es política: el temor a que Pekín adopte represalias antes de las conversaciones previstas entre Donald Trump y Xi Jinping. Una posible restricción china a las exportaciones de minerales críticos sería, en palabras de la propia fuente, «especialmente sensible» para Estados Unidos. China, principal comprador de crudo iraní durante años, defendió este martes su cooperación con Teherán y sostuvo que se desarrolla dentro del derecho internacional.
Desde Teherán, el ministro de Economía, Alí Madanizadeh, no dejó margen para la ambigüedad: «Nuestra defensa ya no es tan defensiva; los enemigos deberían esperar un ataque». También aseguró que China y Rusia no aceptaron las nuevas medidas y pronosticó que otros países harán lo mismo.
La principal palanca de presión iraní es el estrecho de Ormuz, una vía que antes de la guerra concentraba cerca de una quinta parte del flujo energético mundial. Mohsen Rezaei, exjefe de la Guardia Revolucionaria y secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, amenazó con impedir por completo las exportaciones de petróleo desde el Golfo Pérsico si continúa la «guerra económica». El domingo, Teherán incluyó a 45 buques en una lista negra. El martes, un petrolero fue alcanzado por un proyectil cerca de la entrada del estrecho y quedó inutilizado.
La presión se extiende también al mar Rojo: los hutíes de Yemen, aliados de Irán, amenazaron con bloquear el transporte marítimo saudita por Bab el-Mandeb. Algunas navieras chinas ya comenzaron a desviar sus embarcaciones. Irán también podría recurrir a ciberataques: Reino Unido atribuyó a hackers vinculados con Teherán el cierre de una pequeña estación eléctrica, y funcionarios estadounidenses señalaron a Irán como posible responsable de ataques contra plantas de agua en Minnesota. Irán no respondió a esas acusaciones.
Hay, sin embargo, una rendija diplomática. Según Abás Golroo, jefe de la Comisión de Relaciones Exteriores del Parlamento iraní, el jefe del Ejército de Pakistán, Asim Munir, llevó a Teherán un mensaje de Estados Unidos para reactivar el proceso político. Pakistán aseguró haber logrado «avances significativos» para impedir una nueva escalada y reabrir Ormuz.
El cuadro es claro: la administración Trump aplica presión máxima con una mano y contiene la otra por miedo a irritar a Pekín justo antes de una cumbre. Irán lo lee como debilidad y sube la apuesta. Mientras tanto, el estrecho de Ormuz —una quinta parte del flujo energético del planeta— sigue siendo el rehén más caro del mundo. Que no te lo cuenten: cuando la burocracia diplomática negocia con quien tiene el dedo en el interruptor energético global, el que paga la factura siempre es el mismo.



