El estrecho de Ormuz lleva cerrado desde el 28 de febrero. Irán lo bloqueó al inicio de la guerra. Por ahí pasa el 20% del crudo mundial. El golpe al mercado energético global fue inmediato.
Ahora hay una respuesta concreta. El ejército de Estados Unidos abrió, de forma discreta, un canal de navegación en la zona sur del estrecho. La ruta corre adyacente a las aguas territoriales de Omán. Opera de noche. Entre 15 y 20 buques petroleros la transitan cada día. Eso equivale a aproximadamente 10 millones de barriles diarios.
No es el nivel previo al conflicto. Antes del bloqueo, el flujo estimado era de 18 millones de barriles al día. La brecha sigue siendo real. Pero el corredor funciona como amortiguador. Evita el desabastecimiento total. Eso no es poco.
La viabilidad del paso costó dos semanas de operaciones militares. Las fuerzas estadounidenses neutralizaron radares y sistemas de vigilancia de la Guardia Revolucionaria iraní. Sin esa ofensiva previa, el canal no existiría.
El peligro no desapareció. Persisten amenazas de drones y misiles de crucero. Las pólizas de seguro marítimo se encarecieron. Los precios internacionales del crudo siguen bajo presión. Analistas internacionales evalúan si el despliegue es sostenible a largo plazo.
Que no te lo cuenten. Esto es proyección de poder con resultados medibles. No es un comunicado de intenciones ni una resolución del Consejo de Seguridad. Es ingeniería militar aplicada a un problema económico real.
El relato de que Irán podía cerrar el grifo del mundo sin consecuencias se está cayendo solo. Washington no pidió permiso. Neutralizó la amenaza, abrió el paso y puso a circular el crudo. Eso se llama disuasión efectiva. El libre comercio energético no se negocia desde la debilidad: se defiende. Y en Ormuz, por ahora, se está defendiendo.



