La Embajada de Estados Unidos en Londres ofrece hasta 500.000 dólares en subvenciones. El objetivo: reforzar valores compartidos entre ambos países. Libertad de expresión, debido proceso y gobierno limitado. Así de claro.
La diputada liberal demócrata Lisa Smart no lo vio así. Calificó la iniciativa como «el dinero MAGA de Trump metiéndose en nuestra democracia», según una cita recogida por The Guardian. Smart añadió que el Reino Unido tiene «una orgullosa tradición de libertad y libertad de expresión».
El problema es que esa tradición, según quienes la defienden, está en cuidados intensivos.
Greg Lukianoff, presidente de la Fundación para los Derechos Individuales y la Expresión (FIRE), fue directo. «Es un verdadero desastre de libertad de expresión en el Reino Unido», dijo a Fox News Digital. «Y ni siquiera parecen saber lo que está pasando».
Lukianoff no dejó margen a la ambigüedad. «Tanto si la ayuda viene de JD Vance, de Trump o de algún futuro demócrata que entienda el asunto, el Reino Unido debería aceptar ayuda en materia de libertad de expresión. Están en crisis. Y es insostenible».
La Embajada respondió a Smart con un dato incómodo. Los liberal demócratas no protestaron cuando la administración Biden financiaba proyectos que sí podrían considerarse políticos. La Embajada señaló que ha discontinuado el gasto de la era Biden en «proyectos ideológicos divisivos» como «justicia climática», activismo LGBTQ e iniciativas de contratación basadas en raza. Ninguno de esos programas, recordó la Embajada, generó quejas similares de los funcionarios británicos.
El Departamento de Estado de Trump, por su parte, está eliminando las directrices de la era Biden que ordenaban al personal promover una agenda de diversidad, equidad, inclusión y accesibilidad ante gobiernos extranjeros.
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Que no te lo cuenten. Una diputada británica rechaza dinero destinado a defender la libertad de expresión. Lo llama «injerencia». Pero no dijo nada cuando Washington financiaba activismo ideológico en suelo europeo. Eso es la doble vara en estado puro.
El relato se cayó solo. Si el Reino Unido tuviera una tradición robusta de libre expresión, no necesitaría que nadie se la recordara. La reacción de Smart no defiende la soberanía británica. La exhibe como rehén del mismo aparato burocrático que silencia ciudadanos. Lukianoff tiene razón: el problema no es quién ofrece la ayuda. El problema es que hace falta.



