Prichard Colón murió a los 33 años. Su padre lo confirmó el jueves pasado mediante una publicación en Facebook. Así terminó una historia que el mundo del boxeo preferiría olvidar: casi once años en estado vegetativo, con asistencia médica las 24 horas, después de que un rival le destrozara la carrera —y la vida— con golpes ilegales a la nuca.
Colón llegó a su última pelea con un récord profesional de 16-0, 13 de esas victorias por nocaut. En el ámbito amateur acumuló una marca de 170-15. Era, en 2015, uno de los prospectos más prometedores del boxeo mundial.
En octubre de ese año se enfrentó a Terrel Williams. Antes del noveno asalto, Williams le propinó múltiples golpes en la parte posterior de la cabeza y el cuello, los llamados «rabbit punches», prohibidos en el deporte desde hace décadas precisamente para proteger la integridad de los peleadores. Williams recibió una advertencia durante el combate. Nada más.
Colón perdió la pelea por descalificación —su esquina le retiró los guantes creyendo que el combate había terminado— y regresó al vestuario. Ahí vomitó y se desplomó. Su equipo lo trasladó de urgencia al hospital. Pasó los siguientes 221 días en coma. Al despertar, estaba en estado vegetativo. Así permaneció por el resto de su vida.
Williams no fue suspendido. No enfrentó castigo alguno por los golpes ilegales que dejaron a Colón en ese estado. La historia ganó atención internacional y ESPN le dedicó un documental: «How one fight changed Prichard Colón's life». La Organización Mundial de Boxeo (OMB) expresó sus condolencias en X y recordó «el coraje, la fortaleza y el espíritu combativo» del boxeador.
El caso Colón es, en el fondo, una pregunta sin responder sobre responsabilidad y consecuencias. Un deportista joven, con una familia que lo sostuvo durante una década entera de cuidados ininterrumpidos, pagó el precio máximo por una infracción que el sistema arbitral detectó, advirtió y luego dejó pasar sin mayor consecuencia. Cuando las reglas existen pero su aplicación es decorativa, no protegen a nadie.
Que no te lo cuenten: el boxeo tiene normas escritas para evitar exactamente esto. El problema no fue la ausencia de reglas. Fue la ausencia de voluntad para hacerlas cumplir. La familia Colón cargó sola con lo que el sistema deportivo no quiso asumir. Eso merece decirse con todas sus letras.



