El régimen de Vladimir Putin no tolera la verdad cuando contradice el relato oficial. Andrei Klepach, uno de los principales macroeconomistas del Kremlin, fue despedido después de que sus declaraciones de mayo resurgieran en medios rusos la semana pasada.
Klepach habló ante el Club Nikitsky, un foro de economistas, académicos y funcionarios. Sus palabras fueron directas: «Estamos quedando atrás. Estamos perdiendo tanto la competencia tecnológica como la económica en el mundo. Y no solo frente a China y Estados Unidos. En algunos aspectos, también la estamos perdiendo frente a Ucrania».
Fue más lejos. «No ganaremos la competencia en esta guerra de desgaste», dijo. «Tenemos la ilusión de que todo allá colapsará. No ha colapsado y no colapsará. Nuestros costos siguen aumentando». Atribuyó la resiliencia ucraniana, en parte, al apoyo financiero de Occidente.
Klepach trabajó durante 12 años en VEB, el banco estatal de desarrollo económico de Rusia, y durante diez años antes en el Ministerio de Desarrollo Económico. Confirmó su despido directamente a Reuters.
Su diagnóstico choca de frente con la narrativa de Putin. En junio, el presidente ruso afirmó que las medidas para enfriar la economía eran deliberadas, que la tasa de interés clave del 14,5% fijada por el Banco Central era «una decisión difícil» pero consciente, y que Rusia «lucha por la salud de su economía en su conjunto».
Los números, sin embargo, no obedecen al relato. Charles Lichfield, director del Centro de GeoEconomía del Atlantic Council, advirtió que las grietas son visibles: según sus declaraciones a la fuente, Rusia «va camino de duplicar el déficit que tuvo en 2025, y ese ya era el doble del de 2024». Sobre la inflación, señaló que lograr bajarla al objetivo del 4% a finales del año pasado fue «un gran logro», pero que «no parece que vaya a durar».
A esa presión interna se suman las sanciones occidentales, la caída de ingresos energéticos y los ataques ucranianos a infraestructura energética rusa. En el plano legislativo, el Senado de Estados Unidos aprobó el 7 de agosto la Ley Graham de Sanciones a Rusia e Irán con 86 votos a favor y 11 en contra. La norma, que aún debe pasar por la Cámara de Representantes, permitiría aranceles de hasta el 100% sobre los cinco mayores importadores de crudo o gas ruso. Trump ha indicado que la firmaría si llega a su escritorio.
Esto es lo que pasa cuando el aparato estatal sustituye el análisis por la propaganda: el mensajero paga el precio. Klepach no inventó los datos, los leyó. Y eso, en la Rusia de Putin, es suficiente para perder el empleo. El problema para el Kremlin es que despedir al economista no cambia las cifras del déficit, no baja la inflación ni repone los ingresos petroleros. El relato se cayó solo. Solo que ahora no habrá nadie dentro del sistema dispuesto a decirlo en voz alta.



